El hombrecito que miraba las estrellas
(originalmente publicado en el sitio Villeraturas con el título "Cuento utópico")
Cuento de Ernesto Parrilla
Ilustraciones de Felipe Ricardo Ávila
El hombre apareció un día y pidió permiso para subir al techo. Don
González, que vivía solo como un ermitaño, le preguntó para qué. Para
ver las estrellas desde un poco más cerca, le contestó.
Don González no se negó. Cómo se le va a negar a un hombre amable subir al techo para un motivo tan noble.
A
la mañana siguiente aún permanecía allí. Le alcanzó de comer y una
botella con agua. Luego le ofreció un colchón, pero lo rechazó con
educación. El hombre permaneció esa noche y la siguiente y la siguiente.
Para
la cuarta noche se acercó un grupo de diez personas. Toda gente del
barrio. Le pidieron permiso a Don González para subir al techo a hacerle
compañía al hombre. No podía negarse. Los conocía de toda la vida y
siempre habían sido buenos con él.
Al día siguiente llegaron más personas. Y al otro, y al otro...
A
los diez días, el dueño de la casa tenía a casi setenta personas sobre
su techo. Dado que no podía alimentar a tantos, todo el barrio
colaboraba. Algunos se encargaban de preparar la comida, otros de
alcanzar agua, un grupo recolectaba mantas para cuando refrescaba, unos
muchachos se encargaron de alquilar unos baños químicos que instalaron
en el patio.
A los quince días, ya eran más de cien. Para
entonces, el barrio ya estaba organizado. Parecía un engranaje
funcionando a la perfección. Cada uno cumplía su rol y todos
participaban alegremente.
Ese día se dieron cuenta que el
hombrecito que había iniciado todo ya no estaba. Lo buscaron en cada
rincón del techo, en los baños, en las casas aledañas, en otros
techos... pero no estaba, se había ido. Lejos de desilusionarse, los
vecinos estaban felices porque gracias a él habían aprendido a convivir.
La gente se bajó del techo, pero nadie cesó de colaborar con los
demás. Todavía conservan la puntualidad de juntarse en las calles al
salir las primeras estrellas para compartir unas empanadas al horno,
pastelitos o sanguchitos y contemplar absortos todo lo inmenso que nos
rodea, pero a la vez tan lejano.
Cuando vuelven la vista a su
alrededor comprenden entonces que todo lo que está cerca es más grande,
real, tangible. Y entonces, ahora lo cuidan, porque entienden que es aún
más maravilloso que todo ese catálogo de estrellas que los visita cada
noche.
Dicen que el hombrecito va de barrio en barrio. Aunque no en todos los techos le permiten subir.